Música para el fin del mundo…y lo que vendrá después – Parte I

 

Nunca quisiste creerlo, a pesar de que muchos lo advirtieron. Locos, pensaste; fanáticos con un cartel ocultando su ambición miserable. Siempre son el mismo y están en todas las historias, ¿por qué habría de ser esta diferente?

La prensa tampoco merecía mucha credibilidad desde aquella nefasta predicción sobre el año dos mil; entonces les hiciste caso y entonces fuiste un loco. Suficiente autoestima perdida en el cambio de milenio; ya no más de ese viejo lamentable.

Cuando todos tus vecinos se fueron del barrio, la poca familia que te quedaba vino a verte. -Nos vamos al refugio. Allí también hay hueco para ti, con nosotros – dijo tu único hijo, después de siete años de silencio. Te reíste, como un perro sarnoso, y ladraste que tú no creías en refugios y que aunque realmente existiesen, allí no tendrían alcohol.

La última advertencia que tuviste fueron aquellos chavales de mono azul. No te esperaban allí, pero eso no impidió que hicieran su trabajo; desconectaron el contador de la luz y la centralita de teléfono dos calles más abajo. Por suerte, tú todavía tenías aquel viejo grupo electrógeno, rescatado del destructor alemán hundido a escasos cables del acantilado; y ellos, la conciencia adormilada de indeferencia. Con el poco gasóleo que te quedaba pusiste a cabalgar los cuatros cilindros de aquel oxidado trasto; encendiste una bombilla desnuda y la radio que había pertenecido a tu padre. A parte de los boletines de noticias y advertencias del gobierno, tuviste la suerte de encontrar una emisora que todavía ponía algo de música, aunque fuese aquella estúpida canción. Ni siquiera pensaste en la ironía de su letra, por que primero habrías tenido que creer.

Los días siguientes transcurrieron con normalidad. Llegaste incluso a reinar entre las calles de piedra salpicadas de salitre; esos eran tus dominios para destruir antes de que otros lo hiciesen. Las noches las pasabas borracho; te colabas en las casas de tus vecinos para robarles lo mejor de sus licoreras, husmeabas en sus armarios y sus recuerdos. Por el día disparabas a las gaviotas y de vez en cuando a los cristales de las casas de en frente. En algunos momentos, hasta te permitiste el lujo de ser feliz. Fuiste un buen rey, lo fuiste. El soberano de una atlantis olvidada a la radiación, gobernando desde el porche de su casa en una hamaca de mimbre. No ocurría nada inusual y eso contribuía a tu bienestar, a tu cordura. Y seguías sin creer que pudiera pasar algo, a pesar de que una noche, escuchaste a alguien pedír auxilio por la radio. De tus años en Algeria recordaste aquella lengua que dabas por muerta en el cementerio de tu memoria; era un mensaje en Francés. Te pareció entender que decía algo de un incendio; fuego en Brennilis. Te pareció escuchar algo de un reactor y que se habían quedado sin gasóleo. Pero no le diste importancia, al fin y al cabo, accidentes ocurrían cada día y Finistère estaba a muchas michas de tu hogar.

Seguiste sin creer a pesar de que los días pasaron y nadie había vuelto al pueblo. Seguiste sin creer más que en tus botellas de aguardiente y aquella vieja canción que por momentos llegó a ponerte nostálgico; recordando los días de tu juventud, aquel primer amor y su traición, el primer fin del mundo que viviste.

Y el día que todo acabo, todavía seguías sin creer. Hasta que lo viste. Te despertó el silencio del viejo generador; todo se había quedado mudo, ya no había estática en la radio. Te armaste con tu viejo rifle y un largo trago de aquel licor denso como el petróleo. Al llegar al acantilado te sentiste como un Orión viejo, desgastado, pero que aún conservaba su vista; fue el amanecer más bonito que aquellas costas verían en milenios. El cielo danzaba en estratos verdes, formaba nubes violáceas al despegarse el sol de su crepúsculo; la estrella brillaba más que nunca y al ir creciendo sobre el horizonte teñía el mar de plata. Aquello no podía ser el final, no tan majestuoso, no entre tanto silencio. No había explosiones, ni gritos; todos se habían marchado ya, sin saberlo, a una muerte lenta y dolorosa. Tú sin embargo, te habías quedado a contemplar el final, te habías quedado a creer. Y al final fuiste ese loco que no quisiste ser, pero un loco que decidió su destino. Un loco que comprendió que solo la muerte podía ser tan bella como aquel último amanecer; un loco que supo en cuanto la vio que no esperaría a que fuese ella la que le sacase a bailar. Te sentaste entre los restos del destructor alemán, el agua del mar bañándote los pies descalzos; la escopeta clavada en la arena marcaba las doce y el goteo del licor acompañaba tus últimos minutos. Cuando estuviste suficientemente borracho fuiste valiente por última vez y diste al fin del mundo una calurosa bienvenida.

Con este post – motivado por el fin del mundo que tan de moda está en estos días, y más en este año – inauguro una pequeña entrega de canciones que tratan del “evento”  en cuestión. Disfrutadlas. Se aceptan sugerencias 🙂

G

5 Respuestas a “Música para el fin del mundo…y lo que vendrá después – Parte I

  1. Gracias por vuestro comentarios y por su contenido : D

    Jaja, no puedo discutir que The End sea la canción perfecta para el fin del mundo. Desde luego, con ella puesta, yo me lo tomaría de relax; jajaja.

    Y la canción de Anathema es, sencillamente, conmovedora.

    Saludos!

    G

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