Música para el fin del mundo…y lo que vendrá después – Parte II

Llevo toda la vida escuchándolo. Cuando era adolescente sería la guerra fría. En los noventa el antrax; la indisciplina binaria en el cambio de milenio. Ahora lo llaman pulso electromagnético; una cabeza nuclear detonada muchos kilómetros por encima de tu techo o una bola de plasma solar dirigiéndose, furiosa, contra la tierra. Yo ya no sé que creer. Estoy perdido entre tanta amenaza, viviendo siempre en la sombra de una guadaña. Me he cansado de las drogas, mi cerebro no soporta mas lobotomías en forma de cápsulas; prozac, meleril, eskazine, decentan; tengo prescripciones suficientes como para montar mi propia consulta y cajas en abundancia para competir con el mercado local.

Al principio fui un hombre juicioso, luego precavido; pero siempre bien informado, conocedor de la naturaleza y alcance de los peligros que amenazaban nuestra nación. Todos mis miedos eran justificados, igual que el refugio que decidí construir bajo mi casa; bien equipado con escudos antiradiación y latas de atún en conserva. Nunca jamás dude de la mano que me alimentaba; ellos nos advertían, nos informaban y nos protegían; asociaciones formativas sin ánimo de lucro, grupos de acción preventiva, pastores que garantizaban la salvación en el peor de los fracasos, ¿cómo podía dudar de su buena intención? Comencé a pensar que si tanto se preocuban era porque realmente había motivos para que lo hiciesen. Después vino el bombardeo informativo; mi televisión con receptor digital estaba todo el día encendido; 207 canales de telediario, documentales y reportajes. El miedo se asentó en mi día a día, creció como una enredadera envenada, corrompiéndome rutinariamente; cuando una amenaza terminaba, pronto aparecía otra que la conviertiese en una mera anécdota; y siempre habría más daños, más destrucción, más muerte; más ponzoña invadiendo mi mente, acabando con mi vida, la misma que ellos, con su empeño en proteger estaban exprimiendo sin dejar siquiera la pulpa.

Pero todo esto termina hoy. He decidido ponerle fin, ya no puedo lidiar más con sus mentiras; peligros esperándonos a la vuelta de la esquina, al cruzar una frontera, en un sobre de correo o acechando indiscretos en nuestra propia estrella. Y mientras tanto, mientras yo sufro de temores en los que ya ni siquiera creo, ellos se erigen como héroes, como salvadores; su mano te sostendrá firme cuando te precipites en el vacío de sus amenazas. Pero ya me he dado cuenta; he averiguado que el vacío no es más que eso; nada, un espacio desierto, un cuchillo sin filo; no hay ninguna amenazas, solo salvadores y víctimas de mentira que creen querer ser salvadas.

Hoy me he cansado de no ser ni siquiera una oveja; hoy me he cansado de intentar ser una cucaracha, arrastrándose fuera de su escondrijo en busca un poco de luz solar. Hoy digo, ¡basta!; hoy me convierto en la excepción que confirma la regla, la destruye y la convierte en una nueva norma, en un nuevo miedo; hoy nace el enemigo interior, el verdadero armaggedon. Yo soy el fin del mundo. Apocalipsis, por favor.

Carta de Estúlian Neperth encontrada en su apartamento dos días después de haberse confesado autor del atentado que destruyó la Sede del comité de seguridad de la ciudadanía. No hubo víctimas mortales. Estúlian murió de un disparo efectuado por un militar en defensa propia cuando intentaban apresarle. La nación reconoce el coraje y valor de sus soldados al adentrarse en el apartamento de Estúlian, un complejo residencial de la tercera edad de 4 plantas y puertas de madera con cerradura sencilla. Un villano muere, pero nacen nuevos héroes, nuevos salvadores.

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