Reflexiones desde el mar (II)

Habíamos llegado a Sheerness un frío jueves de enero, después de una travesía lenta y garrafal en la que el mar se convirtió en un muro contra el que nos dábamos de bruces constantemente; y el tiempo, en mercurio. Yo a veces pensaba en aquella mujer, morena, que conocí poco antes de que largásemos cabos en Vigo; fantaseaba con ella, imaginándola en mi camarote; los labios con sabor a sal, ojos cargados de misterio. Creo que era una sirena, aunque a mi me gustase imaginarla como nereida; hacía los minutos más fáciles. Aún así, los días no morían, eternos; casi cuatro desde que dejamos a popa el Estuario del río Sado, en Setúbal. Pero al final, lo habíamos conseguido. En realidad era lo esperado, porque el transporte marítimo es un negocio todoterreno y muchos de sus conductores, patanes borrachos de dinero o de ansias por hacerlo; gajes del oficio, sí, sobre todo cuando sirves al gran mercado global de chufladas consumibles. Para mí sin embargo era la primera vez, disfrutaba la hazaña; haber llegado a tierras inglesas tras doblar Finisterre y Ortegal, cruzado el Canal de la Mancha. Atrás quedaban las casi 900 millas del viaje, las olas y los balances. Me invadía una sensación de satisfacción, de aventura. En realidad, como siempre que llegas a puerto y ves completada la travesía; todavía no he dejado de disfrutarlo. Así que yo y Cajas, primerizo también y compañero de trifulcas, no tardamos más de 15 minutos desde que el largo de proa estuviese firme en poner los pies en el suelo.

Antes de salir le pregunté al Práctico por los bares, la zona de fiesta; el tipo dijo unas direcciones amablemente, y con lo que parecía cierto deje de orgullo ante la movida local, me contó que la noche de hoy prometía. No se equivocaba. Raudos, seguimos sus indicaciones; caminamos por los muelles viejos de madera, entre edificios y naves industriales, ladrillos rojizos en las fachadas, tejados oscuros, sombras. No había un alma salvo en un cuchitril del puerto, de esos con el suelo lleno de serrín, donde divisamos a un par de hombres. Seguimos de largo hasta que llegamos al centro del pueblo; una plazoleta donde desembocaba la calle central, estrecha y adoquinada, flanqueada por tiendas y bares. El paisaje era, me atrevo decir, el típico. Casas bajas, dos o tres supermercados, un puesto de Kebabs, otro de comida india, un Chino y un par de pubs; colonialismo decían, hace un par de siglos, y en la actualidad añádele el 20% de la cantidad en cucharadas de globalización. Y nosotros, los nuevos invasores, PIGS sin trabajo o sencillamente ganas de marcha. Entramos en el primer pub que localizamos, que llevaba por nombre algo como Pato Bebedor, o el Ganso Borracho; no lo recuerdo muy bien, pero seguro que era una ave ebria, aficionada a privar. Avante toda, nos dijimos, y pedimos a la camarera dos pintas de Guinness. Brindamos y nos paramos a reflexionar, !todo era increíble! Allí estábamos, metidos de lleno en el percal, entre los parroquianos de la mismísima Sheerness, todo un referente en la cultura marinera; un temporal a nuestras espaldas, y otros cuantos esperándonos, pero que en lugar de amedrentarnos nos hacía sentir más fuertes, valientes. Era emocionante, nos reímos y disfrutamos el subidón; la cerveza actuaba de perfecto catalizador y con cada jarra aquellos se volvía más brutal. Allí estaban los típicos bolingueros viejos con quilos de más; veteranos de barra poniendo a prueba su resistencia; la camarera, vestida como si fuera un gato, porque según nos explicó, más tarde habría una fiesta en la que ir disfrazado era sinónimo de alpiste gratis. También nos rodeaba gente de mediana edad, que podrían ser perfectamente nuestros padres. La música era de los más inconexa y hasta ridícula a veces, lo que le daba a la escena un toque un tanto bizarro. Al poco aparecieron unas chavalas muy jóvenes, que se sentaron a nuestro lado. Dijeron algo en inglés y cuando nos escucharon hablar se volvieron: ya la habíamos liado. Máxima atención puesta sobre nosotros, marinos españoles en un bar de Sheerness, rareza entre los habituales de Europa del este, mediterranean stlye, pensarían. Nos invitaron a una ronda de Jaggerbomb, muy de moda por esos lares, pero una verdadera porquería. Pero pegaba, claro, y la noche proseguía. Las chicas privaban sin parar, el ambiente cada vez más caldeado. Gente de todas las edades se juntaban en el mismo sitio, unidas por nada más que la el desfase; la bebida corre, el jaleo aumenta. Y entre todo el bullicio nuestras voces se entremezclan con las de los demás; estamos muy lejos de casa, abandonados de absolutamente todo, y es sencillamente perfecto. Entonces Cajas me dice que se tiene que marchar, le toca pringar la guardia de 12 a 4. Se larga, cabreado y borracho, porque no es él el que tendría que estar pasmando para un panel de alarmas cuatro horas, pero ¡ah! el todoterreno avanza inexorable, no hay para gastar en personal aunque la ley – que conduce al lado del patán borracho – te obligue a ello. Yo estoy por acompañarle, pero me anima a que me quede. Y lo hago, y todo se vuelve aún mejor; el último eslabón que me unía al yo más reciente, al yo que existe porque un sistema de coordenadas lo avala, desaparece. Me permito pensar en uno de mis mejores amigos, un verdadero guía espiritual, Brian; la última referencia que necesito para la rendición. Y entonces, una única expresión en mi rostro: la del desconocido en un mar de extraños, vinculado con ellos precisamente por su falta de identidad, que se revela poco a poco. Esta noche soy yo en mi más absoluta pureza, y estoy solo, sin nadie que asegure mi presencia. Así que me dejo embaucar por la locura de la noche en Sheerness, que parece no tener freno. Me voy con las chicas y un colega suyo, primero a un pub y luego al otro, y venga a hablar, y a beber; llego a pensar que no podré seguirles el ritmo. En algún momento me beso con una de ellas y un auténtico gañán del condado, vestido con camiseta de sisas en pleno invierno, se me acerca poco después; parece mosqueado porque lo haya hecho. No le entiendo ni jota cuando habla, pero siento que está provocándome. Paso de él, y el colega de las chicas, del que acabo haciéndome colega por extensión, me advierte que es un marulo y que tenga cuidado: el clásico armabroncas, vaya, con el que más tarde me encontraría en la salida de una discoteca; yo entraba tranquilamente, a él los estaban echando a patadas. Hasta allí llegué yo, perjudicado en cantidad, con la chavala a la que había besado. La invité a una copa, vodka con cola, que se bajó como quien toma un vaso de agua. Para flipar. Total, que acabó mandándome a la mierda; intentó actuar sutilmente, pero era una chapucera y sus intenciones quedaron reveladas en cuanto me di la vuelta y la vi volviendo a entrar al bar. Me largué de allí un poco mosca, doblado, pero a la vez contento por estar viviendo todo aquello.

Ahora era un fantasma, recorriendo las calles húmedas del pueblo, entre la bruma de la madrugada y la oscuridad. Me sentía como un auténtico Mr. Hyde, quería subirme a los tejados y saltar de chimenea en chimenea. Decidí volver al barco antes de convertirme de nuevo en el Dr. Jekyll, pero me equivoqué de camino y acabé yendo a parar a Blue Town, una barriada alejada del centro del pueblo. La noche hablaba allí con voz propia, su presencia era ominosa, todo silencio salvo por mis pisadas, ni una persona a la vista; luces ocres despuntaban tímidas entre la sombra proyectada por el muro que separaba las casas de los almacenes del puerto. Entonces oí un ruido y descubrí un grupo de gente reunida en un pequeño parque. Al verme se quedaron sorprendidos, pensando que podría ser un policía de la secreta; allí se estaba cociendo algo seguro, no esperaban interrupciones. Uno de ellos se me acercó, maldisimulando el ciego que llevaba, a ver quién coño era. Me hizo unas preguntas en actitud dejada, pero empezó a interesarse cuando le conté mi historia y cómo había ido a parar allí; yo me reía y transmitía emoción ante todo lo que había pasado, aún estaba bastante flipado. Debí de caerle bien, porque me invitó a unirme a ellos. Tenían hierba de primera calidad, y no tardó en hacerme efecto, por el pedal que llevaba. Empecé a alucinar un poco y ni corto ni perezoso compartí con ellos mis paranoias: les hablé de la impresión de vacío que el mar te ofrece cuando no hay un alma en 30 millas a la redonda, de como el espacio se dilata hasta fusionarse con el oćeano y el mundo es verdaderamente esférico entonces; yo un jinete, cabalgándolo, cuando el barco cabecea entre las olas. A veces olvidaba lo que estaba a punto de decir, o me equivocaba de idioma, y entonces nos reíamos como si no hubiera mañana. Lo último que les conté fue mi fascinación acerca de los edificios abandonados y la intriga que la torre que estaba en la entrada del Medway, justo en frente de Garrison Point, provocaba en mí. Y entonces, boom, di con la clave, el código Enigma necesario para descubrir su secreto: el lugar había sido una torre de grano hasta que la convirtieron en atalaya fortificada durante la Segunda Guerra mundial. Pero en la actualidad seguía usándose, aunque con un fin bien diferenciado: allí se celebraban reuniones clandestinas, rituales musicales, raves a veces, excursiones psicodélicas. Me quedé asombrado, pero solo un instante, hasta que me propusieron ir allí. Yo pensé que bromeaban, ¿cómo íbamos a hacerlo? La torre estaba en medio del mar, supuse que la peña que solía frecuentar esas reuniones estaría muy bien organizada, tendría una lancha o algo. Pero dijeron que con la marea baja podía llegarse andando. Empecé a acojonarme, aquello iba en serio. Y sin embargo, no podía decir que no; era demasiado delicioso, terriblemente fascinante. Aún así me causaba aprensión la sola idea, la paranoia de que nos cogiesen, y así lo hice saber, pero me tranquilizaron: “has fumado demasiado verde”, se burlaron. También pensaba en que no aceptar era una pequeña derrota, dejar que el yo más encasillado, bueno y formal, se apropiase de la situación; definitivamente el Dr. Jekyll con sobredosis de antídoto. A la mierda. Fuimos.

Humedad y mucha oscuridad, ratas en la planta baja. La primera impresión fue tétrica, pero a medida que subíamos las escaleras la torre revelaba su verdadera dimensión. Me enseñaron restos de provisiones, equipos de vigilancia que los encargados de montar guardia allí habían dejado, incluso cascos y uniformes desvencijados. La vistas eran asombrosas; desde lo alto alcanzaba a distinguirse incluso las defensas antiaéreas de la entrada de la desembocadura del Támesis, el barco hundido en frente a la playa del pueblo, con sus boyas rojas alejando a navegantes del peligro de sus bodegas: explosivos. Comenzaba a amanecer, la noche llegaba a su final. O eso creía yo; en realidad no había hecho más que empezar. Subieron un amplificador y cuatro altavoces del coche en que habíamos llegado. Montaron todo. Sacaron algo de una bolsa de plástico y se lo repartieron, dándome a mi también. De perdidos, al río, pensé; atrás quedaba ya el punto de no retorno. Entonces, empezó la música.

Me encontraron horas después, tirado en la playa, sin camiseta. Antes de desvanecerme miré a mi alrededor, estaba solo. La torre seguía allí. Recordé la música, el trance. Vi los disparos, pero no eran balas lo que salían por los cañones si no haces de luz; el amanecer mismo, que hacía inservibles las armas. Conocí la historia de la Torre, era mucho más antigua de lo que creían. Palpé las runas, almacené grano durante décadas, hasta que fue hora de marcharse. La marea había subido. Saltamos. Pensé que me ahogaba y recordé sus ojos; la nereida, ahora deseando que fuese sirena. Quise seguirla, pero cuando estaba apunto de atraparla se había esfumado. Pero estaba en la superficie. Así que seguimos nadando, en un mar de platino, hacia el sol. Confluíamos con el mundo, a través del mar, hacia el espacio.

King of Delta Blues pertenece al álbum Unreleased Electronic Music Vol.I en el que Steven Wilson recopila grabaciones experimentales de música electrónica rítmica realizadas entre 1990 y 2003.

Dronework es el segundo trabajo de corta duración de Bass Communion, proyecto experimental de drone/ambient a manos también de Steven Wilson. Creado durante la grabación de Ghosts On the Magnetic Tape y publicado en 2003, se trata de una pieza minimalista, profunda y oscura, donde, entre otros, podemos apreciar uno de los sonidos más característicos de Bass Communion, el de la estática de vinilos de 78 rpm pulgadas . La portada, perteneciente a la reedición de 2008 fue creada por Carl Grover, de Alephstudio, y muestra la Torre de Grano de Sheerness, una fortificación construida originalmente para proteger la región del Medway frente a hostilidades de terceros, reutilizada posteriormente como almacén de grano y como puesto de defensa en la Primera y Segunda Guerra Mundial.

Conflux pertenece a Cenotaph, la última creación de Wilson para Bass Communion. Grabado en 2011 en las mismas sesiones que Grace for Drowning es, en palabras del propio autor, una secuela de Ghosts On the Magnetic Tape, una de sus más célebres creaciones. Y al igual que éste y Dronework perpetúa el empleo del sonido de las estática de vinilos de 78 rpm, pero con un enfoque más sutil, dotándolos de un menor protagonismo que en Ghosts On the Magnetic Tape. Cenotaph combina las faceta más drone de Bass Communion con aquella esencialmente dark-ambient y por primera vez en su discografía incorpora patrones rítmicos en todos los temas (en la edición en CD, en la de vinilo, Citadel no los tiene); pulsos lejanos, como latidos, que se entremezclan con el espectro sonoro que da forma a los temas.

Un saludo y Feliz Navidad!

G

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