Fantasmas del tiempo: Ghosts on The Magnetic Tape

Ella ajustó el brazo metálico a su posición y la aguja descendió, surcando el vinilo. Era una noche de octubre de 1948, fría y desamparada. Pero en la palidez de su hogar, el calor era un refugio. Después acercó su vaso y se recostó junto a los otros dos. Había dejado macerar la flor durante tres días y a pesar de que había llegado el momento, no resultaba fácil. La canción de jazz hizo que recordase su infancia, y por un instante se le pasó por la cabeza la estúpida idea de que quizá no fuese tan tarde, aún podría existir la esperanza, una oportunidad más para recobrar lo perdido. Tan solo pensar en ello la abrumó; era demasiado por lo que tendría que pasar, reabrir heridas que ni siquiera habían llegado a cicatrizar. Así que se relajó y bebió: una última mirada a su alrededor, llena de pesadumbre y resignación, pero convencida. El líquido bajó por su garganta, posesivo. Al menos, pensó amargamente, antes de cerrar los ojos, no me voy sola.

 Poco después el disco llegaba a su fin, la aguja golpeando una y otra vez el final del circuito, poc…poc…poc. No importaba, ya no había nadie que pudiese escucharlo. Lo más probable era que los tres estuviesen muy lejos del pequeño salón, ahora tan vacío. Y sin embargo, aquellas cuatro paredes blancas habían acogido una eternidad de momentos. Sí, aún quedaba algo allí, mucho más de lo que se habían llevado al marchar: quedaban los recuerdos, los instantes, todavía reverberando entre la piedra y la madera; su propiedad se había perdido mientras los vivían, momentos que no son de nadie, ni siquiera del tiempo. Momentos que no entienden de mortalidad, ni tampoco de final. La aguja asciende, el brazo retrocede y luego vuelve a descender, la aguja surcando el vinilo. Es una noche de octubre de 1948, fría y desamparada. Una y cientos, tal vez miles. Jamás terminan.

Hay quien cree que el tiempo es como un muelle, completamente estirado. No tiene principio, tampoco fin; solo la capacidad de retraerse sobre si mismo. Y en realidad, el material que forma el helicoide no es más que el propio espacio. El tiempo se reduce entonces a nuestra percepción; los momentos son eternos y nunca han dejado de suceder, siguen ahí, en lo que nosotros llamamos pasado, o futuro, pero son inaccesibles. Al menos, desde el punto de vista de alguien que desee manipularlos, cambiarlos o sencillamente revivirlos. Pero, ¿y sí pudiésemos, de algún modo, sentirlos, apreciar parte de ellos, como en un sueño, pero de una forma tangible? Quizá tenemos a nuestra disposición herramientas, puertas sensoriales capaces de abrirse a la atemporalidad. Se me ocurre que nuestros oídos podrían servir a ese propósito, y el sonido ser el vehículo del ayer y el mañana. Algo sutil, imperceptible en apariencia; como un sonido oculto, camuflado en el entramado de frecuencias inaudibles. Lo cierto es que existe un fenómeno que podría encajar en esta delirante hipótesis, el conocido como EPV (Electronic Voice Phenomenon) o psicofonías; sonidos que se encuentran en grabaciones electrónicas parecidos a voces humanas pero que no son el resultado de la grabación o renderizado intencionado. No parece haber, más allá de la aleatoriedad, un origen científico que explique estos fenómenos. De hecho, todo lo que podamos leer al respecto fuero de los círculos académicos probablemente no sean más que interpretaciones y asociaciones engañosas, fruto de convicciones personales. En cualquier caso, todo es válido en ese supuesto, de ahí que yo imagine mi propia hipótesis. Sí, creo que son fantasmas; no los vemos ni alcanzaremos a tocarlos, pero podemos sentirlos. Fantasmas de momentos, que aunque pasados, nunca han dejado de existir. En realidad, son eso mismo que llamamos tiempo, y sus voces un espectro del espacio, que se nos revela. Fantasmas de cromo, fantasmas en la cinta magnética.

Así es Ghosts on the Magnetic Tape; una inmersión en el sonido, el tiempo, el espacio; la estática del vinilo de una y un millón de noches. Constituido por cinco partes (más un Out-take único de la edición en Vinilo), este trabajo de Bass Communion nos arrastra hipnóticamente a lugares lejanos y olvidados, como si estuviésemos en un profundo trance que del que de repente despertamos para escuchar resquicios de los recuerdos del pasado; pisadas, voces etéreas, la aguja del tocadiscos. Las EPV no fueron solamente una inspiración en la creación del álbum, sino un elemento más, recreado mediante sonidos procesados una y otra vez, que junto con el ruido de antiguos vinilos de 78 rpm y fragmentos de su contenido le otorgan un aura fantasmagórica: abundan las atmósferas envolventes, densas y profundas, tejidas por un vasto haz de bajas frecuencias que no dejan penetrar la luz. Tan solo en ocasiones discerniremos con claridad instrumentos tangibles, como el piano en (I) o las flautas de Theo Thravis, colaborador habitual del británico, en (V); el conocimiento del origen de los demás sonidos está reservado únicamente a Steven Wilson, artífice de la obra. En este sentido, Ghosts on the Magnetic Tape da rienda suelta a los cánones habituales del drone, ya que el protagonismo del sonido se sitúa por encima del de la musicalidad (la melodía y la armonía), aunque el efecto pedal no sea tan acusado como en otras creaciones del género. Sí lo es el de la repetición, pero en contraste abundan los cambios -detalles del infinito- en las texturas, en ocasiones libres de patrón que las racionalice, así como los microcambios en la intensidad o la amplitud de las frecuencias. Todo ello dota al conjunto de un dinamismo -aunque minimalista- inusual, que roza la imposibilidad de que el oyente sepa en cada instante lo que vendrá a continuación en la pista que está oyendo. Sin embargo, escuchar un trabajo así es una experiencia diferente a la de prácticamente cualquier álbum convencional, de ahí que requiera de unas circunstancias especiales, muy concretas, que pasan más por el cambio de concepción que por el hábito; nos es la lógica del sonido la que da forma a Ghosts on the Magnetic Tape, solamente el sonido en sí; el silencio desaparece para ser suplantado por el espacio en un atisbo de la eternidad; aquella noche y la anterior; todas las que pasaron y todas las que están por venir. Así que simplemente deja que la aguje repose en el vinilo y prepárate para escuchar a los fantasmas del tiempo.

Gracias a Suso, por brindarme tan magnífico trabajo en la mejor de las ediciones 😉

 Un saludo,

 G