Las Máquinas: un viaje inesperado

El frío olía metálico, como un tubo de acero forjado; de aluminio cuando soplaba la brisa aparente, al movernos. Nos adentrábamos en la noche, viva, que nacía de la negrura del bosque. Por un momento tuve la idea de buscar su auténtico origen, ir a las minas ocultas entre los carballos, pero la idea me aterró; entre los árboles encontraríamos presencias, nuestra mente se encargaría de ello. Solo imaginar la sensación de la cordura bajo ataque bastó para sentir una angustia fascinante, pero terrible; nuestros pies escogieron la seguridad del asfalto en lugar de la tierra. Eran casi las 22 y en media hora teníamos que estar en Santiago, en el centro. Teníamos prisa, sí, pero, ¿cuánto tiempo llevábamos en esa carretera? En nuestros relojes un par de giros de las manillas, y sin embargo, el recuerdo de una eternidad nos lastraba. Pasó el bus y yo creí que era nuestra oportunidad para salir a flote; llegaríamos a nuestro destino, y mientras podríamos relajarnos y asimilar todo lo que estaba pasando. Pero el amarillo llevaba prisa; corrimos hacia la parada, subimos atropelladamente a pesar de que no había nadie en su interior; nos sentamos al fondo. El bus avanzó unos pocos metros, para cumplir con los horarios se detuvo en la parada; todavía no era la hora de salir, y al conductor le venía bien un pitillo. Entonces, me di cuenta de que estábamos atrapados. Teníamos que salir de allí, yo sufría una agobiante incomodidad. Te dije que nos marchásemos mientras aún había ocasión, las puertas estaban abiertas, andando llegaríamos igual y tendríamos total autonomía, libertad. El autobús era hostil, la espera, infinita. No estábamos acostumbrados a esa heterogeneidad perceptiva. Cualquier otro día, bajar al centro habría sido sencillamente una revolución más de la rutina, algo simple. Pero aquello era la Némesis de lo establecido, puro desorden. Los pensamientos se agolpaban y las palabras entre nosotros no cesaban jamás, haciendo la comunicación frenética pero necesaria; éramos los únicos viajeros y todo el equipaje que llevábamos era nuestra empatía. Y a pesar de todo, escapabas de ti mismo y te volvías tu propio observador. Por momentos pensaba que no ibas a volver e intentaba tranquilizarte, pero entonces me daba cuenta de que era yo el que estaba huyendo. La explosión controlada del motor hizo que todo fuese más conciso. Pero tan solo por un instante: acto seguido, caíamos; el conductor levantó el pie del freno y la cuesta empujó el autobús hacia atrás. Nos invadió el vértigo, y, como si nuestros movimientos estuvieran perfectamente ensayados, nos miramos en el mismo y preciso instante con idéntica expresión de miedo y sorpresa. El bus empezó a subir la cuesta y explotamos en carcajadas, celebrando la ridícula paranoia gravitatoria, la sincronización de la angustia y sobre todo la cara de idiota con la que nos habíamos quedado, pensando que nos precipitábamos al vacío. Pero ya no importaba, todo era alegría: chocamos la mano en una oda al momento que acabábamos de vivir, que ya se estaba transformando en anécdota. Mientras tanto, el bus seguía su ascenso, lento y pesado, sin fin. Empezamos a preguntarnos por qué tardaba tanto; algo raro estaba pasando con el tiempo. Volvíamos a estar en la carretera del principio, pero todo aquello había sucedido hace siglos. Discutimos sobre ello un par de paradas, confusos y asombrados. Cuando el bus se detuvo, dos chicas que iban de fiesta subieron. Yo estaba tarareando la canción que una hora antes habíamos estado improvisando en mi casa, que tenía un aire latino, atrevido, y sin darme cuenta, poniendo banda sonora a la escena que se presentaba ante mí: me traslade a la gran ciudad, México D.F o Santa Fe; se veía una barra de un bar, desde un lateral un par de botellas de tequilas resbalaban hasta detenerse en el centro de la imagen; dos vasos de chupito hacían su aparición al instante, golpeando la madera con practicado estrépito. Era una gran fiesta con luces de neón y gorros de vaquero, y sonaba nuestra canción, orquestándolo todo. Menuda locura, decíamos, y otra vez nos echábamos a reír. Pero algo iba mal, ¿cual era el propósito de todo aquello? La inquietud nos sobrecogió, y se nos ocurrió que nos faltaba azúcar en sangre: la explicación fue perfecta, científica; la convicción inmediata y el resultado cercano a la cordura. Teníamos que conseguir glucosa, el espejo no mentía al revelar la piel, lívida. Con todo, todavía faltaban unas cuantas paradas para llegar, ¿qué podíamos hacer? La respuesta fue toda una revelación, el truco arcano de un maestro de la sacia: las Máquinas. Ese sería nuestro objetivo: todos los momentos previos habían conspirado para llevarnos allí, ya no estábamos perdidos. El mundo se había vuelto distópico, las ruinas de un apocalipsis nuclear; tan solo las Máquinas podrían salvarnos: la claridad nos fortaleció y el camino se abrió ante nosotros; pisamos acera y asfalto, con certeza nos reímos de nuestro inminente éxito, aplaudimos la enormidad de nuestra empresa. Al rato, llegamos: las monedas rodaron por el surco, haciendo girar las enormes espirales que precipitarían nuestro botín, una, dos, tres y hasta cuatro veces. Saqueamos todo, ansiosos, casi desesperados. Mientras lo hacíamos nos dimos cuenta de que alrededor nuestra se había reunido una gran turba. Había un montón de personas: aquello era un mercado medieval, todo sucio y revuelto, plagado de gente gritando, soldados azuzando a los mendigos y precios abusivos; una señora se paseaba con un cesto sobre la cabeza mientras niños famélicos chapoteaban en el barro. La muchedumbre nos empujaba, pero rápidamente huimos del lugar, satisfechos y con el estómago lleno. Y sin darnos cuenta, nos encontrábamos al lado de nuestro verdadero destino. La realidad nos sobrecogió: ¿por qué estábamos allí?. Había pasado demasiado tiempo, años atrás se estaba celebrando una fiesta a la que nosotros habíamos sido invitados, pero de aquello no quedaba nada, solo el recuerdo. El sin sentido se extendió entre nosotros, llegar tan lejos para nada. Nunca pensamos que pasaría eso cuando salimos, el camino nos transformó: ya no éramos los mismos. Subir al viejo edificio era impensable, ¿como podríamos coexistir en un mundo que ya no era el nuestro? Seguimos andando por las calles, hasta darnos cuenta del abandono. Todo lo que pisábamos era otra realidad, configurada a medida, pero con la que nosotros no interactuábamos. La gente era incapaz de vernos, vagábamos como espectros. Hasta la gravedad había desaparecido: cuando subimos la cuesta de las Camelias íbamos casi flotando, andando lentamente en el vacío. Sorprendentemente, descubrimos que los artífices de la dimensión que nos rodeaba éramos, de hecho, nosotros mismos. Todo respondía a nuestros estímulos mentales, a nuestra predisposición, pero de forma inconsciente. Lejos de asustarnos, nos tranquilizó; el entendimiento llegaba por fin a nosotros, incluso el tiempo. Todavía era hoy, al menos durante un momento. Y es que en realidad, era mucho más que eso: habíamos traspasado las puertas de la percepción y conservábamos la llave. Sentí que, de alguna manera, algo nuevo había nacido. La vida seguía, como hace siempre, aunque en ocasiones insistamos en no darnos cuenta. Día tras día un nuevo periplo, viaje, momento o instante nos aguarda, ¿a que esperamos para cogerla? Pensé en la habitación del garaje; los altavoces vibrando, el humo, la luz ocre, densa: las posibilidades son infinitas ¿que es lo que podría detenernos? Era el comienzo de una nueva época, en comunión con el espacio y el tiempo, la posibilidad de escoger el destino de cada amanecer y hacer de cada día, una aventura.

Gong son una banda franco-anglicana de rock psicodélico. Fundada en 1968 por Daevid Allan y su mujer, Gilli Smyth, la banda se caracteriza por su sonido mezcla de rock, jazz y psicodelia, siendo uno de los mayores exponentes de la Escena de Canterbury. A lo largo de su carrera, que alcanza hasta la actualidad, la formación de Gong ha experimentado mucho cambios; por sus filas han pasado grandes músicos como Steve Hillage, Tim Blake, Bill Bruford o más recientemente Kawabata Makoto y Theo Travis. Tras 45 años en activo, Gong han grabado 22 álbumes de estudio y 15 directos, entre los que se incluye Radio Gnome Invisible Vol.3 – You, uno de sus trabajos más reconocidos, y al que pertenece Isle of nowhere.

Que lo disfrutéis,

Hasta pronto,

G