Reflexiones desde el mar (I)

N. del A.: Estimado lector, antes de abordar este texto, considera la siguiente sugerencia: dado que la segunda y tercera canción sobrepasan la longitud del escrito, escoge solo una de ellas para acompañarlo cuando haya dejado de sonar la primera; ambas son adecuadas, y de este modo podrás experimentar dos lecturas distintas 🙂

Eran cuatro, y cada uno tenía el tamaño de un leviatán; dos de ellos llevaban miles de contenedores y los otros montañas de algún tipo de carga a granel en las bodegas; probablemente fosfatos cargados en Casablanca para la industria alemana, o algún otro material proveniente de África. Los contenedores venían de China; Europa es su principal cliente. A la par navegaba nuestro barco: íbamos por el Canal de la Mancha con destino a Sherness, flanqueados por la Normandía francesa al sur y por la Isla de Wigth al norte. El día estaba despejado, incluso se alcanzaban a ver dos enormes petroleros recortados contra el horizonte, cambiando el rumbo para recalar en Antifer.

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La escena era típica de la zona; tráfico denso, grandes buques rodeados de pequeños pesqueros, molestos como mosquitos, y la mar tan solo un poco encrespada a pesar del viento que soplaba del noroeste. Quizá no sorprendiese a nadie acostumbrado a navegar por la región, pero yo estaba asombrado. Y no era por el tamaño o el número de los mercantes, sí no por el significado que se adivinaba de todo ello; el movimiento descomunal de bienes y recursos, con rapidez y eficiencia, proporcionando los máximos y más amplios beneficios posibles –¿a quién, realmente?-, con el mínimo coste posible. Lo primero que llamaba la atención eran las banderas que ondeaban en los mástiles a popa de los buques; eran de sitios tan lejanos y desconocidos como Antigua y Barbuda, Belice y St. John; pabellones de conveniencia que incluso en la distancia tenían un brillo opaco, gris, sucio; un brillo como el de los soles de cobre, plata y oro ennegrecido que despuntan en los paraísos fiscales. Lo segundo, la magnitud de la carga: medio millón de toneladas de productos plásticos iban almacenados en los contenedores; la producción de petroleo diaria de Arabia Saudí, en los petroleros; mientras que los cargueros llevaban miles de potenciales sacos de fertilizantes que luego cargarían otra vez destino a África. Toda esa ingente cantidad de materia me trajo a la mente el recuerdo de los cientos de coches y maquinaria que acogen las enormes explanadas del puerto de Zeebrugge; chasis de color blanco y amarillo excavadora esperando para embarcar con destino a Mostaganem, donde ni siquiera tienen espacio para descargarlos, salvo el que el campo de fútbol deja libre, previa suspensión de partidos. Percibir todo esto, los movimientos y las cantidades; los destinos, destinatarios y exportadores; la magnitud de las distancias y la extensión mundial del conjunto, hizo que sintiese, como nunca antes había ocurrido, más allá de los libros y sus gráficas; de los titulares de la prensa y los debates entre amigos, acalorados por las jarras de cerveza; el peso de la globalización, del poder de los recursos; la sensación de metal, frío, áspero, de los gatillos que percuten los mercados y disparan las economías en pistolas de fogueo; todo humo; humo negro, pesado, definitivo. Por un momento vi al mundo como un complejo mecanismo, rotando como lleva haciendo siempre, pero movido desde dentro por una sucesión de engranajes de dientes afilados que otros más pequeños, de dientes planos, hacen girar, pero al que tan solo una minoría da cuerda. En realidad fue una sensación que cualquier persona habrá experimentado tarde o temprano en su vida; una sensación fruto de uno de esos momentos donde la realidad cobra forma y es decepcionante a la par que cruda, y de una dimensión tal que nunca podrías haber llegado a imaginar. Lo que ello implicaba, sin embargo, era una cuestión más teórica, reflexiva; hipotética quizás para algunos, conspiranoica para otros.

En ese mecanismo del mundo yo solo estaba viendo una parte, pero una parte fundamental: las conexiones, los nexos materiales entre los recursos, la producción y los consumidores; las vías de acceso y distribución y también de devolución en forma de basura y residuos tóxicos: las rutas de transporte, un conjunto de arterias y venas alimentadas por fuel negro que bombean multinacionales encargadas de abastecer a los supercerebros, las potencias. Sin estas rutas, sin estas conexiones, se ahogan; falta la sangre y el corazón muere. Garantizar su integridad y su buena conducción es imprescindible, porque son varios los jugadores que buscan asegurarlas; jugadores conocidos internacionalmente que necesitan una fachada, porque hay pueblos que creen en ellos, por que si no se acusarán mutuamente de hacer trampas a pesar de que todos jueguen con dados trucados.

Así que hay que ser sutil, pintarlo todo con banderitas de colores, cruces asimétricas, e ideales de democracia y libertad; poner en el tablero hombres nobles de uniforme blanco que combatan a los malos de turbante, a los piratas codiciosos. Las fichas se van desplegando: una flota para luchar contra el terrorismo cerca de Arabia Saudí, un par de ellas más para combatir la piratería en el Cuerno de África, una tercera enfrente a Yemen para coordinar las dos. Jugadas enfocadas a controlar los nódulos linfáticos; el estrecho de Hormuz, el Golfo de Adén; petroleo que fluye en krakens de acero de un lado a otro del globo, de Oriente Medio a América, perseguido por enormes barcos cargados de contenedores llenos de trastos, de China a Europa, barcos que luego bajan por el Golfo de Vizcaya vacíos, como ballenas abiertas, sus huesos apuntando al cielo, limpias de todo despojo. El juego no puede parar, la sangre no debe dejar de correr; el fuego del subterfugio, que lo alimenta todo, tiene que mantenerse encendido: ¿no es cierto que las naciones tienen derecho a defender sus intereses y proteger a sus ciudadanos? Que fluyan entonces las balas, cargad las armas, que detone la pólvora. No te sorprendas si navegando por aguas somalíes te alcanza una bala americana, ni siquiera aunque la haya disparado un pirata de Eyl. En el juego de tronos, los dados ruedan igual que los casquillos.

Vatican Shadow es el proyecto de electrónica experimental de Dominick Fernow, también conocido por su nombre artístico Prurient, con el que participa de la escena noise. Como Vatican Shadow ha publicado un sinfín de grabaciones en tan solo dos años: 4 álbumes, 2 EPs y un buen número de compilaciones y material diverso. Como podréis apreciar por los títulos, la mayoría de sus trabajos denotan una crítica bastante oscura sobre eventos político/militares del siglo XXI  un tanto turbios. Operation Neptune Spear Part Three pertenece al trabajo del mismo nombre publicado en 2012; USS Carl Vinson Night Tide Funeral a otra de sus creaciones misceláneas, Washington Buries Al-Qaeda Leader at sea – Deck , de 2011; y One day he hear the call al EP September Cell.

Que lo disfrutéis 😉

Un saludo,

G

Poniendo fin al cielo: How to Destroy Angels

Ayer, abriéndome paso entre la maraña publicitaría que es la jungla de internet, di con la fórmula de un antiguo ritual: el de acabar con el cielo, que How to destroy angels descifra en sus canciones. De la mano de Trent Reznor, líder y cabeza pensante de Nine Inch Nails; su esposa Mariqueen Maandig, la que fue cantante del grupo de pop psicodélico West Indian Girls; Atticus Ross, reconocido compositor y productor que sería premiado por su labor conjunta con Reznor en la composición de la banda sonora de “The Social Network“; y Rob Sheridan, diseñador gráfico, director y fotógrafo conocido por sus trabajos en Nine Inch Nails, nos llega este proyecto experimental mezcla de electrónica, música industrial y trip-hop, que con tres años en activo ha legado un álbum, “Welcome Oblivion“, y dos EPs; “How to destroy Angels” y “An Omen“.

De su primer trabajo, el EP homónimo, destaco este “The space in between”, una buena introducción a su propuesta acompañada de un excelente vídeo y el apocalíptico “A Drowning”, corte que cierra el EP.

“Ice Age” me parece uno de los temas más sobresalientes de su siguiente publicación, “An Omen”, que también sería incluido en el primer trabajo de larga duración de la banda, “Welcome Oblivion”; mientras que “Keep it together” es una buena muestra de su estilo y el vídeo nos da una idea de cómo se lo montan en el estudio para lograr su característico sonido electrónico/industrial.

Por último, “How Long?”, un tema más melódico que los anteriores, pero que persiste en su estética y esencia, algo que el magnífico videoclip que acompaña al tema pone de manifiesto.

Que lo disfrutéis 😉

G