Reflexiones desde el mar (IV)

Hubo un tiempo en el que todo lo que teníamos que decirnos era adiós, te echaré de menos. Me iba yo, tú, él, ella, ellos. En pocas ocasiones sentí sin embargo que despedirnos fuese algo triste, salvo por el momento de hacerlo, que duraba tan solo unos instantes. Quizá porque siempre creí que en la vida no hay nada definitivo. Volveríamos a encontrarnos, lo sabíamos; el tiempo volaría sí, pero nosotros con él. Clemencia era lo último, la indiferencia para los que apostaban por la estabilidad prefabricada. Nunca pensé que hubiese ningún riesgo en lo que hacíamos; ir y venir, marcharse una y otra vez. Lo interesante era preguntarse, ¿dónde será la próxima vez que volvamos a encontrarnos? Esa idea nos mantenía unidos, y las partidas fortalecían los vínculos, en lugar de destruirlos. Seguíamos adelante, más vivos que nunca, con mil historias que compartir. Tardé en darme cuenta de que poder decirnos adiós era lo mejor que teníamos. Simplemente porque podíamos hacerlo, porque no teníamos miedo a lo que dejábamos atrás, si no a lo que estaba por venir. Siempre tuve miedo a decir adiós, a pronunciar esa palabra definitiva, cómplice de mal augurio, como si al hacerlo estuviese condenándonos. Pero el tiempo me hizo ver que son las personas a las que dices adiós las que jamás se despiden.

 Adiós, entonces.  

Ha llegado el momento de partir. En estos momentos estaré perdido en algún lugar entre el Atlántico y el Mediterráneo, donde pasaré la próxima temporada, por lo que Siete Por Ocho suspende – o más bien hiberna – su actividad hasta que vuelva a estar en tierra firme, algo que tarde o temprano sucederá. Tenedlo por seguro. Gracias a todos los que seguís este espacio virtual, salpicado de cuando en cuando por las olas 😉

Nos veremos pronto,

G

Reflexiones desde el mar (III)

Encontrar el Norte, trazar un rumbo. Coger la altura del sol a mediodía, Polaris por la noche; obtener tu situación. Ir de un lado para otro y volver a estar perdido. Pensar en la manera de dar con tu lugar, descubrir las formas comenzando una nueva singladura. En eso consiste navegar; llegar para marcharse, averiguar donde estás y hacia donde te diriges, aprender del proceso para mejorarlo, repetirlo si fracasa; luego olvidarlo todo. En eso consiste, sí; plasmar la vida en números, direcciones, referencias. Hacer tangible lo intangible; circunstancias en posiciones; caminos en derrotas; rumbos en decisiones. Un pequeño éxito en un mundo sin sentido, lógica precisa, ingenios del pasado. De repente eres un punto concreto en el planeta, así lo dictan las estrellas, el sol y la luna; faros, cabos, viejos barcos hundidos, graneros convertidos en fortines armados; torres de vigilancia oxidadas, ahora refugio utópico de ermitaños y bohemios. Tiene sentido saber dónde se encuentra la gota de agua que ocupas en el océano; tú mismo, una mota de tierra arenosa sobre la Tierra. Así que navegas y navegas en busca de ese significado universal; aunque sabes que no existe, estás seguro de tu lugar, creyéndote un poco más cerca de la “comprensión”. Piensas en ello antes de irte a dormir, tomando café tras la comida, sintiéndote seguro, a salvo. Entonces te das cuenta de que no necesitas un mar para navegar, tan solo creer en él, en tu propia existencia acuosa, inútil, pero ubicada en un punto y momento concreto. Conoces el lugar, el resto es espacio definiéndolo, uno mismo. Las velas siempre listas, compañer@, negras y con calaveras, pero bien dispuestas a cazar el viento.

North Atlantic Oscillation son una banda de Edimburgo formada en 2005. Mirador y Empire Waste pertenecen a su segundo trabajo, Fog Electric, cuya temática gira alrededor de la pérdida, las dudas y la búsqueda de un sentido vital en un contexto íntimamente ligado al mundo de la navegación, las expediciones y la metereología, como el nombre del propio grupo indica, cuyo significado normal se refiere al fenómeno climático característico del Océano Atlántico Norte. El trabajo de NAO colisiona, como dos frentes de rock y electrónica, produciendo una descarga armónica etérea, homogénea como la niebla. Los motivos melódicos presentes a lo largo del álbum hacen de su esencia algo compacto y frío, puro hielo roto por ritmos antárticos. Abundan los sintetizadores y arreglos de Mellotron, el piano y los instrumentos de cuerda, que parecen estar hechos de escarcha, reforzando la sensación de sistema meteorológico que envuelve el disco. Todo ello hace de Fog Electric un trabajo novedoso y coherente, refrescante como la brisa polar, perfecto para cualquier viaje a ninguna parte. Recuerdo aquella navegación a Casablanca; el mar todavía revuelto por la tormenta que había azotado las Canarias pocos días antes, con crestas blancas en forma de espiral y las gotas de agua, infinitesimales, todavía volando por el aire. En algún momento estaba sentado en la cubierta, muriéndome de frío, perro arropado por el vacío de jade que nos rodeaba; la Tierra misma. Cuando puse Fog Electric no sentí que lo estuviese escuchando, si no que era la propia música la que me escuchaba a mí, como una extensión de la propia singladura, el tiempo y la mar.

Un saludo,

G