Reflexiones desde el mar (II)

Habíamos llegado a Sheerness un frío jueves de enero, después de una travesía lenta y garrafal en la que el mar se convirtió en un muro contra el que nos dábamos de bruces constantemente; y el tiempo, en mercurio. Yo a veces pensaba en aquella mujer, morena, que conocí poco antes de que largásemos cabos en Vigo; fantaseaba con ella, imaginándola en mi camarote; los labios con sabor a sal, ojos cargados de misterio. Creo que era una sirena, aunque a mi me gustase imaginarla como nereida; hacía los minutos más fáciles. Aún así, los días no morían, eternos; casi cuatro desde que dejamos a popa el Estuario del río Sado, en Setúbal. Pero al final, lo habíamos conseguido. En realidad era lo esperado, porque el transporte marítimo es un negocio todoterreno y muchos de sus conductores, patanes borrachos de dinero o de ansias por hacerlo; gajes del oficio, sí, sobre todo cuando sirves al gran mercado global de chufladas consumibles. Para mí sin embargo era la primera vez, disfrutaba la hazaña; haber llegado a tierras inglesas tras doblar Finisterre y Ortegal, cruzado el Canal de la Mancha. Atrás quedaban las casi 900 millas del viaje, las olas y los balances. Me invadía una sensación de satisfacción, de aventura. En realidad, como siempre que llegas a puerto y ves completada la travesía; todavía no he dejado de disfrutarlo. Así que yo y Cajas, primerizo también y compañero de trifulcas, no tardamos más de 15 minutos desde que el largo de proa estuviese firme en poner los pies en el suelo.

Antes de salir le pregunté al Práctico por los bares, la zona de fiesta; el tipo dijo unas direcciones amablemente, y con lo que parecía cierto deje de orgullo ante la movida local, me contó que la noche de hoy prometía. No se equivocaba. Raudos, seguimos sus indicaciones; caminamos por los muelles viejos de madera, entre edificios y naves industriales, ladrillos rojizos en las fachadas, tejados oscuros, sombras. No había un alma salvo en un cuchitril del puerto, de esos con el suelo lleno de serrín, donde divisamos a un par de hombres. Seguimos de largo hasta que llegamos al centro del pueblo; una plazoleta donde desembocaba la calle central, estrecha y adoquinada, flanqueada por tiendas y bares. El paisaje era, me atrevo decir, el típico. Casas bajas, dos o tres supermercados, un puesto de Kebabs, otro de comida india, un Chino y un par de pubs; colonialismo decían, hace un par de siglos, y en la actualidad añádele el 20% de la cantidad en cucharadas de globalización. Y nosotros, los nuevos invasores, PIGS sin trabajo o sencillamente ganas de marcha. Entramos en el primer pub que localizamos, que llevaba por nombre algo como Pato Bebedor, o el Ganso Borracho; no lo recuerdo muy bien, pero seguro que era una ave ebria, aficionada a privar. Avante toda, nos dijimos, y pedimos a la camarera dos pintas de Guinness. Brindamos y nos paramos a reflexionar, !todo era increíble! Allí estábamos, metidos de lleno en el percal, entre los parroquianos de la mismísima Sheerness, todo un referente en la cultura marinera; un temporal a nuestras espaldas, y otros cuantos esperándonos, pero que en lugar de amedrentarnos nos hacía sentir más fuertes, valientes. Era emocionante, nos reímos y disfrutamos el subidón; la cerveza actuaba de perfecto catalizador y con cada jarra aquellos se volvía más brutal. Allí estaban los típicos bolingueros viejos con quilos de más; veteranos de barra poniendo a prueba su resistencia; la camarera, vestida como si fuera un gato, porque según nos explicó, más tarde habría una fiesta en la que ir disfrazado era sinónimo de alpiste gratis. También nos rodeaba gente de mediana edad, que podrían ser perfectamente nuestros padres. La música era de los más inconexa y hasta ridícula a veces, lo que le daba a la escena un toque un tanto bizarro. Al poco aparecieron unas chavalas muy jóvenes, que se sentaron a nuestro lado. Dijeron algo en inglés y cuando nos escucharon hablar se volvieron: ya la habíamos liado. Máxima atención puesta sobre nosotros, marinos españoles en un bar de Sheerness, rareza entre los habituales de Europa del este, mediterranean stlye, pensarían. Nos invitaron a una ronda de Jaggerbomb, muy de moda por esos lares, pero una verdadera porquería. Pero pegaba, claro, y la noche proseguía. Las chicas privaban sin parar, el ambiente cada vez más caldeado. Gente de todas las edades se juntaban en el mismo sitio, unidas por nada más que la el desfase; la bebida corre, el jaleo aumenta. Y entre todo el bullicio nuestras voces se entremezclan con las de los demás; estamos muy lejos de casa, abandonados de absolutamente todo, y es sencillamente perfecto. Entonces Cajas me dice que se tiene que marchar, le toca pringar la guardia de 12 a 4. Se larga, cabreado y borracho, porque no es él el que tendría que estar pasmando para un panel de alarmas cuatro horas, pero ¡ah! el todoterreno avanza inexorable, no hay para gastar en personal aunque la ley – que conduce al lado del patán borracho – te obligue a ello. Yo estoy por acompañarle, pero me anima a que me quede. Y lo hago, y todo se vuelve aún mejor; el último eslabón que me unía al yo más reciente, al yo que existe porque un sistema de coordenadas lo avala, desaparece. Me permito pensar en uno de mis mejores amigos, un verdadero guía espiritual, Brian; la última referencia que necesito para la rendición. Y entonces, una única expresión en mi rostro: la del desconocido en un mar de extraños, vinculado con ellos precisamente por su falta de identidad, que se revela poco a poco. Esta noche soy yo en mi más absoluta pureza, y estoy solo, sin nadie que asegure mi presencia. Así que me dejo embaucar por la locura de la noche en Sheerness, que parece no tener freno. Me voy con las chicas y un colega suyo, primero a un pub y luego al otro, y venga a hablar, y a beber; llego a pensar que no podré seguirles el ritmo. En algún momento me beso con una de ellas y un auténtico gañán del condado, vestido con camiseta de sisas en pleno invierno, se me acerca poco después; parece mosqueado porque lo haya hecho. No le entiendo ni jota cuando habla, pero siento que está provocándome. Paso de él, y el colega de las chicas, del que acabo haciéndome colega por extensión, me advierte que es un marulo y que tenga cuidado: el clásico armabroncas, vaya, con el que más tarde me encontraría en la salida de una discoteca; yo entraba tranquilamente, a él los estaban echando a patadas. Hasta allí llegué yo, perjudicado en cantidad, con la chavala a la que había besado. La invité a una copa, vodka con cola, que se bajó como quien toma un vaso de agua. Para flipar. Total, que acabó mandándome a la mierda; intentó actuar sutilmente, pero era una chapucera y sus intenciones quedaron reveladas en cuanto me di la vuelta y la vi volviendo a entrar al bar. Me largué de allí un poco mosca, doblado, pero a la vez contento por estar viviendo todo aquello.

Ahora era un fantasma, recorriendo las calles húmedas del pueblo, entre la bruma de la madrugada y la oscuridad. Me sentía como un auténtico Mr. Hyde, quería subirme a los tejados y saltar de chimenea en chimenea. Decidí volver al barco antes de convertirme de nuevo en el Dr. Jekyll, pero me equivoqué de camino y acabé yendo a parar a Blue Town, una barriada alejada del centro del pueblo. La noche hablaba allí con voz propia, su presencia era ominosa, todo silencio salvo por mis pisadas, ni una persona a la vista; luces ocres despuntaban tímidas entre la sombra proyectada por el muro que separaba las casas de los almacenes del puerto. Entonces oí un ruido y descubrí un grupo de gente reunida en un pequeño parque. Al verme se quedaron sorprendidos, pensando que podría ser un policía de la secreta; allí se estaba cociendo algo seguro, no esperaban interrupciones. Uno de ellos se me acercó, maldisimulando el ciego que llevaba, a ver quién coño era. Me hizo unas preguntas en actitud dejada, pero empezó a interesarse cuando le conté mi historia y cómo había ido a parar allí; yo me reía y transmitía emoción ante todo lo que había pasado, aún estaba bastante flipado. Debí de caerle bien, porque me invitó a unirme a ellos. Tenían hierba de primera calidad, y no tardó en hacerme efecto, por el pedal que llevaba. Empecé a alucinar un poco y ni corto ni perezoso compartí con ellos mis paranoias: les hablé de la impresión de vacío que el mar te ofrece cuando no hay un alma en 30 millas a la redonda, de como el espacio se dilata hasta fusionarse con el oćeano y el mundo es verdaderamente esférico entonces; yo un jinete, cabalgándolo, cuando el barco cabecea entre las olas. A veces olvidaba lo que estaba a punto de decir, o me equivocaba de idioma, y entonces nos reíamos como si no hubiera mañana. Lo último que les conté fue mi fascinación acerca de los edificios abandonados y la intriga que la torre que estaba en la entrada del Medway, justo en frente de Garrison Point, provocaba en mí. Y entonces, boom, di con la clave, el código Enigma necesario para descubrir su secreto: el lugar había sido una torre de grano hasta que la convirtieron en atalaya fortificada durante la Segunda Guerra mundial. Pero en la actualidad seguía usándose, aunque con un fin bien diferenciado: allí se celebraban reuniones clandestinas, rituales musicales, raves a veces, excursiones psicodélicas. Me quedé asombrado, pero solo un instante, hasta que me propusieron ir allí. Yo pensé que bromeaban, ¿cómo íbamos a hacerlo? La torre estaba en medio del mar, supuse que la peña que solía frecuentar esas reuniones estaría muy bien organizada, tendría una lancha o algo. Pero dijeron que con la marea baja podía llegarse andando. Empecé a acojonarme, aquello iba en serio. Y sin embargo, no podía decir que no; era demasiado delicioso, terriblemente fascinante. Aún así me causaba aprensión la sola idea, la paranoia de que nos cogiesen, y así lo hice saber, pero me tranquilizaron: “has fumado demasiado verde”, se burlaron. También pensaba en que no aceptar era una pequeña derrota, dejar que el yo más encasillado, bueno y formal, se apropiase de la situación; definitivamente el Dr. Jekyll con sobredosis de antídoto. A la mierda. Fuimos.

Humedad y mucha oscuridad, ratas en la planta baja. La primera impresión fue tétrica, pero a medida que subíamos las escaleras la torre revelaba su verdadera dimensión. Me enseñaron restos de provisiones, equipos de vigilancia que los encargados de montar guardia allí habían dejado, incluso cascos y uniformes desvencijados. La vistas eran asombrosas; desde lo alto alcanzaba a distinguirse incluso las defensas antiaéreas de la entrada de la desembocadura del Támesis, el barco hundido en frente a la playa del pueblo, con sus boyas rojas alejando a navegantes del peligro de sus bodegas: explosivos. Comenzaba a amanecer, la noche llegaba a su final. O eso creía yo; en realidad no había hecho más que empezar. Subieron un amplificador y cuatro altavoces del coche en que habíamos llegado. Montaron todo. Sacaron algo de una bolsa de plástico y se lo repartieron, dándome a mi también. De perdidos, al río, pensé; atrás quedaba ya el punto de no retorno. Entonces, empezó la música.

Me encontraron horas después, tirado en la playa, sin camiseta. Antes de desvanecerme miré a mi alrededor, estaba solo. La torre seguía allí. Recordé la música, el trance. Vi los disparos, pero no eran balas lo que salían por los cañones si no haces de luz; el amanecer mismo, que hacía inservibles las armas. Conocí la historia de la Torre, era mucho más antigua de lo que creían. Palpé las runas, almacené grano durante décadas, hasta que fue hora de marcharse. La marea había subido. Saltamos. Pensé que me ahogaba y recordé sus ojos; la nereida, ahora deseando que fuese sirena. Quise seguirla, pero cuando estaba apunto de atraparla se había esfumado. Pero estaba en la superficie. Así que seguimos nadando, en un mar de platino, hacia el sol. Confluíamos con el mundo, a través del mar, hacia el espacio.

King of Delta Blues pertenece al álbum Unreleased Electronic Music Vol.I en el que Steven Wilson recopila grabaciones experimentales de música electrónica rítmica realizadas entre 1990 y 2003.

Dronework es el segundo trabajo de corta duración de Bass Communion, proyecto experimental de drone/ambient a manos también de Steven Wilson. Creado durante la grabación de Ghosts On the Magnetic Tape y publicado en 2003, se trata de una pieza minimalista, profunda y oscura, donde, entre otros, podemos apreciar uno de los sonidos más característicos de Bass Communion, el de la estática de vinilos de 78 rpm pulgadas . La portada, perteneciente a la reedición de 2008 fue creada por Carl Grover, de Alephstudio, y muestra la Torre de Grano de Sheerness, una fortificación construida originalmente para proteger la región del Medway frente a hostilidades de terceros, reutilizada posteriormente como almacén de grano y como puesto de defensa en la Primera y Segunda Guerra Mundial.

Conflux pertenece a Cenotaph, la última creación de Wilson para Bass Communion. Grabado en 2011 en las mismas sesiones que Grace for Drowning es, en palabras del propio autor, una secuela de Ghosts On the Magnetic Tape, una de sus más célebres creaciones. Y al igual que éste y Dronework perpetúa el empleo del sonido de las estática de vinilos de 78 rpm, pero con un enfoque más sutil, dotándolos de un menor protagonismo que en Ghosts On the Magnetic Tape. Cenotaph combina las faceta más drone de Bass Communion con aquella esencialmente dark-ambient y por primera vez en su discografía incorpora patrones rítmicos en todos los temas (en la edición en CD, en la de vinilo, Citadel no los tiene); pulsos lejanos, como latidos, que se entremezclan con el espectro sonoro que da forma a los temas.

Un saludo y Feliz Navidad!

G

El vuelo del Cuervo: Concierto de Steven Wilson en Madrid

En mayo del año pasado tuve la suerte de ver a Steven Wilson por primera vez en concierto. Ocurrió en París, bajo los techos del teatro Le Trianon, un magnífico lugar que acompañó a la perfección el espectáculo del británico. El recuerdo que tengo de aquel día es sencillamente inolvidable. Fue una noche especial, y sin duda, uno de los mejores conciertos a los que he asistido en mi vida.

Concierto de Steven Wilson en Le Trianon el 4 de mayo de 2012

Así que, cuando hace un tiempo me enteré de que SW vendría a España este año supe que no me lo podía perder. Por aquel entonces no tenía ni idea de dónde estaría llegado el día, un viernes 8 de noviembre, y la solo idea de no poder asistir me inquietaba. La gira de Grace for drowning no había pisado tierra ibéricas en 2012, por lo que el concierto que daría en Madrid, única fecha en el país, era su primera actuación ante el público español. Por si no fuesen motivos suficientes el recuerdo y la oportunidad, resulta que The raven that refused to sing (and other stories) es uno de los mejores trabajos de rock del nuevo milenio; uno de esos álbumes cuya interpretación en directo garantiza emoción. Afortunádamente, el cuervo no fue señal de mal agüero; hace dos días llegaba con dos de mis mejores amigos al Hotel Auditorium, situado en las afueras de la capital, expectante por ver que había preparado esta vez el Sr. Wilson.

Centro de congresos Príncipe Felipe

A media tarde se abrían las puertas de la sala del Hotel, el Centro de Congresos Príncipe Felipe, un recinto oval dotado de unas 2000 butacas situadas en tres grandes grupos que acogen en su seno el escenario. El ambiente estaba animado, candente; la mayor parte de los allí reunidos nos agolpábamos en torno al puesto de merchandising de la gira, de donde no paraban de salir camisetas y CDs. Alrededor, pequeños grupúsculos comentaban vívamente el trabajo de SW, reían o especulaban sobre las canciones que interpretaría. Sorprendía la edad de los presentes: había representación de, hasta por lo menos, las cuatro décadas anteriores a los 90, con un destacado sector que en su día probablemente siguieron a pioneros del género progresivo como King Crimson o Yes. Con todo, tampoco faltaba gente joven; aquello era un encuentro entre distintas generaciones que se reunían en un evento atemporal, el revivir de una concepción musical nacida en los 70, remodelada, actual. Resultaba conmovedor ver la ilusión de padres e hij@s que acudían juntos, vistiendo la luna de las camisetas de la gira.

La sala se fue llenando sin prisa; no había preocupación alguna por coger sitio ya que las entradas eran numeradas. Pero resultaba extraño que tratándose de un concierto de rock no hubiesen escogido un emplazamiento con foso, donde los asistentes pudiesen congregarse en torno al escenario. Sin embargo, no era tan sorprendente: la propuesta de SW sobre las tablas era muy compatible con el estar sentado, pudiendo apreciarse cómodamente cada detalle, sin prejuicio del disfrute de estar de pie. Lejos de la frialdad, la configuración escogida permitía al oyente mimetizarse con el entorno, la puesta en escena: una gran pantalla llenaba el fondo del escenario, mientras que potentes cañones de luces exprimían sombras de las paredes del auditorio; la música orquestaría el despliegue visual, envolviendo al público, perfectamente integrado en la totalidad del conjunto. Fielmente, ocupamos nuestro lugar y al poco rato, nos sumergíamos en la oscuridad: 20 minutos antes de la hora prevista, caía la noche en la sala; se aproximaba la hora del Cuervo y esta vez no podría negarse a cantar.

Una voz en off inaugura el espectáculo; acompañándola, un vídeo de los años 60 aparece y desaparece de manera entrecortada, entre los ruidos de una televisión sintonizándose. Parece tratarse de un discurso ministerial; un recurso propagandístico que predica sobre los peligros de la sociedad y la seguridad de la ciudadanía. Una melodía sencilla, cíclica, refuerza la sensación de paranoia que extienden la voz y las imágenes; la repetición del conjunto conduce a pensar en una herramienta destinada al lavado de cerebro de las masas. Pero entonces la imagen cambia, a la vez que la música adquiere más presencia. Nos trasladamos a la esquina de una calle de algún pueblo británico por la que pasa gente de todo tipo y edad. La voz del principio persiste, intercalando sus palabras con interferencias, como si viajásemos al pasado de la misma esquina que vemos. Habla acerca de la invisibilidad de las amenazas, el potencial daño que pueda causar cualquier persona, por inofensiva que parezca. Mientras, un hombre se sitúa en la esquina: lleva una guitarra, un grueso abrigo, bufanda y gorra. Las mañanas lo ven todos los días, la lluvia y el frío, pero nadie le presta atención; es un fantasma, ni siquiera una sombra; alguien que no merece la atención de los demás, quienes quizás le teman pensando que es un ladrón, un drogadicto o simplemente un vago que no quiere trabajar. La escena se repite una y otra vez, durante un largo intervalo de tiempo, ambientada con una de las creaciones de Bass Communion (no he logrado identificar cual, desconozco si se trata de una pieza nueva, aunque el recuerdo me hace pensar en esta Second Swarm o Glacial 1602); el guitarrista toma té, fuma un pitillo de liar y prepara su instrumento ante la indiferencia de la gente, que en ningún momento deja de pasar por la esquina. Es un retrato melancólico e hipnótico, el trance del testigo ausente de un no-lugar. Ajeno a ello, o quizá plenamente consciente, el hombre comienza a tocar su guitarra. Y suena, vaya si lo hace; brillante, con cuerpo, real. Al principio un par de notas comprueban la afinación, el sonido, pero de repente el hombre rasguea los acordes de Trains. Y es que en realidad, ya no es el hombre quien toca si no el propio Steven Wilson, que aparece en medio del escenario interpretando, en versión puramente acústica, uno de los más conocidos himnos de Porcupine Tree. El público lo recibe entusiasmado, en medio de aplausos y ovaciones. Para mí, la sorpresa es mayúscula, y el resultado efectista, conexo; más aún cuando, tras la entrada de los demás músicos (Guthrie Govan, a las seis cuerdas; Nick Beggs en el bajo y Chapman Stick; Theo Travis, responsable de la flauta travesera, clarinete y saxo; Adam Holzman sobre las teclas y Chad Wackerman detrás de los platos) Luminol cae como un relámpago: todo cobra sentido cuando la voz de Wilson relata la historia del protagonista de la canción, que no es otro que el músico anónimo de la calle; el músico que día tras día está en el mismo sitio, sin importar lo que suceda; un espacio inexistente, donde ni el sonido puede con la indiferencia de las personas. No sucede así con los asistentes: la entrada del melotrón en el cénit del tema eriza los pelos a más de uno; Luminol suena en ese momento apabullante, gloriosamente dramática, épica.

Al finalizar, el trueno; una lluvia de aplausos sacude la sala mientras el público se levanta de sus asientos, sin excepción, unánime en la ovación. Wilson concede: frente a la oscura intensidad de Luminol comienzan a tocar Postcard, que conmueve a los asistentes; la belleza del tema contrasta con la letra y el vídeo proyectado de fondo, donde una mujer yace en el suelo, perdida, incapaz de levantarse y recuperar el sentido de su vida. Muchos de los personajes de las canciones del inglés son entidades tristes; miserables, excluidos o degenerados. El directo es su historia; el cuarto tema, el capítulo del evangelista alcohólico, The holy drinker, un predicador anónimo que bajo sus sermones morales esconde una terrible afición a las bebidas espirituosas. Los teclados de Holzman y el viento metal de Theo Travis retratan la hipocresía del sacerdote, pero también su vanidad: henchido, el hombre se enfrenta al mismo diablo en una competición, firmando su propia sentencia de muerte. Los pesados pasos del Rey Carmesí coronan la canción en un apogeo instrumental; Wilson, Govan y Beggs mueven su cabezas, poseídos, al ritmo del propio infierno. La ovación vuelve a sacudir los cimientos del recinto. Lo cierto es que SW y su banda se manejan a sus anchas en el escenario, cumpliendo con creces las expectativas. Todas y cada una de las canciones, sobresalientes en el estudio, consiguen en directo la matrícula de honor. El sonido es espectacular; la ejecución, brillante; el ensamblaje lleno de detalles. Las interpretaciones son fieles, pero en la mayor parte de los solos los músicos se desplazan por las escalas a sus anchas, siempre próximos al motivo original, pero liberados por la magia del directo. Yo estoy extasiado; me sorprendo a mi mismo al desear no haber escuchado nunca la música de SW, al imaginar ir a un concierto suyo sin conocer lo que se va a presenciar. Recuerdo que así fue como me enganché a Porcupine Tree, tras asistir a su breve pero fantástica actuación en el Rock Werchter de 2010. Por suerte, el inglés siempre se guarda algún as bajo la manga, y esa noche no iba a ser menos: después de The holy drinker, se dirigiría al público por primera vez, haciéndolo de forma cercana, mientras aprovechaba para presentar, bromeando con Guthrie Govan, Drive Home, donde el protagonista sería precisamente el segundo, marcándose un solo lleno de gusto que sonaría espectacular.

Tras ésta, mi deseo se vería parcialmente cumplido: Wilson anuncia un nuevo tema en la línea de los anteriores, de larga duración. Las luces cambian entonces de color, pasando del azul, tono dominante del show, al verde; una sensación de empozoñamiento se extiende por la sala al ritmo de una batería electrónica, mientras la discordante pero novedosa melodía envenena a los oyentes. Pero es la continua evolución la que toma las riendas de la composición, dejando a las guitarras cabalgar la segunda parte, plagada de riffs duros y ritmos asimétricos que burbujean en una marisma de negrura armónica. Al finalizar el tema se nos ofrece el antídoto, pero nadie parece querer cogerlo: nos levantamos y aplaudimos la sorpresa, la contundencia del nuevo tema. Lo cierto es que el londinense está viviendo una de sus épocas más fructíferas; aún hace poco más de medio año que publicó The raven that refused to sing (and other stories) y ya está preparando otro trabajo, que probablemente verá la luz en 2014. Esta nueva canción conserva la línea madurada en TRTRTS pero reservando un espacio para la inclusión de elementos más presentes en Grace for drowning como las guitarras pesadas o las percusiones electrónicas.  Sin embargo, el principal papel de la noche sería el de su trabajo más reciente: un vídeo, acompasado por envolventes tick tacks y otra de las creaciones de Bass Communion, introduce The Watchmaker. La proyección se realiza sobre un telón transparente que cubre el frente del escenario en su totalidad; en su superficie, las sombras de los músicos se intercalan como fantasmas con las imágenes distorsionadas de un hombre y el trabajo de toda su vida: los relojes. El séptimo capítulo nos narra la historiad del relojero, un hombre obsesionado que termina por enloquecer y matar a su mujer, a quien enterrará en el suelo de su propio taller.

No hay duda de que la temática de las canciones de SW es opaca, macabra en ocasiones, rayando en el gótico y el romatincismo oscuro, algo de lo que el propio Wilson se ríe contraviniendo a quienes lo tachan de exagerado: cuando The Watchmaker termina, una voz profunda y grave bromea sobre lo siniestro del relojero e introduce a un nuevo personaje, aún más retorcido (literalmente, SW dice “fucked-up”, lo que provoca una carcajada general) que éste: el Coleccionista. Index amasa las emociones de la audiencia, recogiéndolas en una atmósfera tenebrosa: la banda cataloga los arreglos de la versión de estudio en un archivo distinto, propio del directo, pero genuino. Sobre el telón y la pantalla del fondo cobran forma las tétricas imágenes de Lasse Hoile, creando una estética digna del Silencio de los Corderos. Pero sería en Sectarian el momento de máxima relevancia del atrezzo, cuando, además de las ya características imágenes inquietantes, los cañones de luz dibujarían sombras en su superficie a ritmo de 7/8, cada una ellas desde un ángulo distinto, hasta que el ímpetu de la última parte de la canción propiciaría, entre las ovaciones del público, la caída del telón. Los músicos volvían así a retener toda la atención puesta en el escenario.

A estas alturas, Wilson parece muy satisfecho con la evolución de la programación. En las tablas se le ve confiado: parece coordinarlo todo mientras se mueve de aquí allá, cambiando del bajo a la guitarra y al teclado, riendo con sus compañeros, moviendo sus manos como si se tratase del director de una orquesta psicodélica. Su entusiasmo, sumado a la falta de costumbre de tocar ante un público sentado, lo motivan para invitarnos a dejar nuestras butacas y congregarnos en torno suya, propuesta que es acogida inmediatamente. Una marabunta de gente apura con la intención de estar lo más cerca posible del escenario, quedándose a pie de la tarima, sin que ninguna separación más que su escasa altura los distancie del artista. Así que nada mejor para sacar partido de la situación que Harmony Korine, un derroche de energía concentrada que no tarda en contagiar a la muchedumbre.

Tras ésta, el británico vuelve a dirigirse al público, esta vez para hablar del melotrón, que cumple 50 años, y sus distintos sonidos, los que ejemplifica con fragmentos de canciones míticas; la flauta con Strawberry fields forever de The Beatles y los strings con In the court of the crimson king, de King Crimson. Los coros sirven para introducir Raider II, épica de Grace for Drowning.

Steven Wilson se mete ahora en la piel otro de sus sombríos personajes; un asesino en serie, el azote de una sociedad a la que no puede pertenecer. Si antes vislumbrábamos El Silencio de los Corderos ahora parece ser el turno de Seven. Los compases se retuercen, inquietantes, condensándose en una explosión de furia liderada por el saxo de Theo Travis y los coros de melotrón a manos de Holzman. Wackerman dirige el interludio de la canción a ritmo de caja y ride, un pasaje jazzístico que comparte con el saxofonista. Pero solamente la tempestad puede proceder a la calma; Wilson y Govan arpegian simultáneamente la formación del temporal, que estalla en la rabia de la voz del inglés al final de la pieza. Raider II es el ascenso definitivo de la oscuridad, que se consagra como madre de la velada.

Me pregunto entonces si queda alguna esperanza; la oportunidad que a pocos de los personajes de la noche se le ofrece. Escucho un batir de alas, y ya tengo mi respuesta; los preciosos acordes de The raven that refused to sing dejan volar al cuervo; ofrecen un rayo de luz. La magia del ave se apodera del entorno, planea entre la niebla azul, conmocionándonos con su delicadeza. Finalmente despega, llevándose al hombre atormentado por su pasado, ahora libre. La redención del protagonista es la nuestra también; en ese momento no existen preocupación ni inquietud alguna, tan solo gozo y emoción. Ni siquiera la proximidad del final de la velada es motivo de pena.

Las buenas sensaciones que el pájaro negro deja a su paso crecen en Happy returns, tercera gran sorpresa de la noche y otro adelanto de lo que está por venir. Cada acorde es un reencuentro, un destello de felicidad. Sorprenden la claridad del tema y su sencillez, recordando grátamente a los Porcupine Tree de la época de transición (Lightbulb Sun y Stupid Dream), algo que, viendo lo que todavía faltaba, me inclino a pensar que pudo haber sido deliberado. Cuando todo el mundo pensaba, “ahora sí, esto se ha acabado”, SW comienza a disertar sobre los orígenes de su carrera, que empezaría en los años 80, y sobre el que sería su primer trabajo “formal” en solitario …On the sunday of your life (por aquel entonces PT no eran un conjunto todavía). Inmediatamente se me pone la piel de gallina, ¿sería posible?. Pues sí, Radioactive Toy hace las delicias de los amantes del (hasta ahora) principal proyecto de Wilson. Totalmente desprevenido, me dejo embargar por la emoción de la que para mí fue la mayor sorpresa de la noche; la realidad es que hace casi 8 años desde la última vez que PT tocaron el emblemático tema en directo, motivo que convierte a su interpretación en especial. La nueva versión, adaptada al directo, sobresale por su magnificiencia: el interludio, anunciado por la explosión de una bomba atómica en la pantalla, brilla como un cúmulo estelar de sonidos; la guitarra del frontman lanza rayos cósmicos, las flautas de Theo Travis y los teclados de Hozman respiran cual estrellas: química, reaccionando con cada nota hasta el impresionante solo de Guvan, cuando el conjunto se fusiona en hidrógeno y la bomba atómica estalla de nuevo, devastando a la audencia. Las cenizas caen entonces en forma de aplausos; renacen en intensos vítores y ovaciones dirigidos a Steven Wilson y los talentosos músicos que lo acompañan, que se despiden emocionados de un público eufórico y totalmente entregado.

Las luz vuelve al auditorio, alumbrando el camino de la gente, que ya se marcha. De fondo suena la instrumentación de Ljudet Innan, de Storm Corrosion, como si se tratase de la música de los créditos de una película. Steven Wilson cuida hasta ese mínimo detalle, dándole a su espectáculo una coherencia única y perfeccionista. Me siento realmente afortunado por haber podido disfrutar del increíble concierto en compañía de mis amigos, de ser capaz de ilusionarme y compartir la propuesta de un artista de semejante calibre en una época plagada de dificultades, donde el rutilante entramado financiero parece obcecado en privar al mundo de sus sueños. Pienso que estos sentimientos hay que llevarlos siempre con uno mismo, tenerlos presentes; no olvidar que son los momentos como los de esta noche los que tienen la capacidad de dar sentido a la vida. Que siga habiéndolos y todos podamos disfrutarlos 🙂

P.D: Un pequeño extra que hará las delicias de curiosos y sobre todo, guitarristas 😉

Nos vemos pronto,

G